venerdì 16 giugno 2017

Los italianos en la Patagonia

Después de los españoles, los italianos son los que más han significado en la población y el progreso de la Argentina. Más de cuatro millones llegaron en los últimos 100 años. Los itálicos han impreso su sello en las labores más humildes y en las de más alta responsabilidad. En la Patagonia el cuadro es por supuesto semejante al resto del país. En las cuatro provincias que la integran y el territorio insular fueguino, los italianos están vinculados al esfuerzo común con su espíritu de lucha, una sobresaliente capacidad de trabajo y su amor a la cultura. De algunos de ellos vamos a ocuparnos, como un testimonio claro y objetivo del aporte que en todo tiempo han dado los italianos al progreso y desarrollo de la zona más austral de América. EN EL AÑO 1520. Con el primer italiano que llegó a la Patagonia nacieron a la par la historia y la leyenda regional. Fue el caballero Francisco Antonio Pigafetta, relator del dramático periplo magallánico. Joven culto, inquieto, de espíritu "aventurero, se sumó a la expedición magallánica con el notable resultado que la posteridad reconoce, pues llevó un diario minucioso que ha permitido conocer muchos episodios de la aventura más audaz de la humanidad. Como Pigafetta fue escribiendo con claro juicio la historia de los
acontecimientos cotidianos; formuló referencias concretas sobre los naturales de los países visitados, vida y costumbres; tradujo y explicó algunos vocabularios aborígenes, hasta trazó mapas rudimentarios; todo lo cual resultó de preciosa guía para historiadores, filólogos y geógrafos. Llegó el primer italiano a tierra patagónica el 19 de mayo de 1520, cuando Magallanes resolvió invernal en la bahía que desde entonces llamóse de San Julián, pero solamente dos meses después iba a conocer a los "dueños de casa". Dice Pigafetta: "Transcurrieron dos meses sin que viésemos ningún habitante del país. Un día, cuando menos esperábamos, un hombre de figura gigantesca se presentó ante nosotros. Estaba sobre la arena, casi desnudo, y cantaba y danzaba al mismo tiempo, echándose polvo sobre la cabeza. El capitán envió a tierra a uno de nuestros marineros con orden de hacer los mismos gestos, en señal de paz y amistad, lo que fue muy bien comprendido por el gigante, quien se dejó conducir a una isleta donde el capitán había bajado. Yo me encontraba allí con muchos otros. Dio muestras de gran extrañeza al vernos, levantando un dedo, lo que quería decir sin duda, que nos creía descendidos del cielo". "Este hombre era tan grande que nuestra cabeza llegaba apenas a su cintura. De hermosa talla, su cara era ancha y teñida de rojo, excepto los ojos, rodeados de un círculo amarillo, y dos trazos en forma de corazón en sus mejillas. Sus cabellos, escasos, parecían blanqueados por algún polvo". Los hombres barbados no se conformaron con ver a los indios; también quisieron llevarse algunos ejemplares para exhibirlos en Europa, pero murieron en el viaje. Pigafetta narra la vida a bordo de aquellos infelices; y vemos cómo el relator del viaje magallánico supo ganarse la amistad del indio Pablo: "Se mantienen ordinariamente de carne cruda y de una raíz dulce que llaman capac. Son muy glotones; los dos que capturamos se comían cada uno un cesto de bizcochos por día y se bebían medio cubo de agua de un trago; devoraban las ratas crudas, sin desollarlas. Nuestro capitán llamó a este pueblo patagones. "Durante el viaje entretuve lo mejor que pude al gigante patagón que llevábamos en nuestro navío (el otro murió muy pronto), y por medio de una especie de pantomima le preguntaba el nombre patagón de muchos objetos, de manera que llegué a formar un pequeño vocabulario. Es taba ya tan acostumbrado que apenas me veía coger la pluma y el papel, venía en seguida a darme los nombres de los objetos que alcanzaba su vista y de las operaciones que veía hacer. Nos enseñó, entre otras cosas, el modo de encender lumbre en su país, frotando un pedazo de madera puntiagudo contra otro, hasta que el fuego prende en una clase de medula de árbol que se coloca entre los dos pedazos de madera. Un día que le mostré la cruz y la besé delante de él, me dijo por señas que Setebos entraría en mi cuerpo y me haría reventar." Este indio tampoco pudo sobrevivir. "Cuando se sintió en las últimas, dice Pigafetta, en su postrera enfermedad, pidió la cruz, la besó y nos rogó que lo bautizáramos, lo que hicimos, poniéndole el nombre de Pablo". Natural de Vicenza, Francisco Antonio Pigafetta nació en 1491 y murió en el mismo lugar en 1534, a los 43 años de edad. A este hijo de la bella Italia se debe, como hemos dicho, la crónica inicial de la historia patagónica y el nacimiento del mito de los gigantes aborígenes, a los que apenas los europeos les llegaban a la cintura.
NdR


Nessun commento:

Posta un commento